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LA TECLA DE CUBA

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El Martí de Los escudos invisibles

Por: mamerogar | Publicado: 19/09/2016 02:09 |



Por Mercedes Rodríguez García

Enero de 1985. Desde una mesa del restaurante Delmónico, —el más famoso del New York de entonces—, el agente JP vigila a un hombre de levita y chaleco algo gastados. Ese día, junto a amigos de la familia Miranda, celebra su cumpleaños 45. Los gastos de vigilancia (0.30 USD) serían cobrados por el espía con posterioridad. Todo debía quedar bien claro para los dueños de la Pinkerton's National Detective Agency.

Otro agente llamado CDB, también asentaría sus gastos (4.00 USD), por concepto del alquiler de una habitación en 51 East 29th Street, en la mismísima casa de huéspedes de los Mantilla, refugio de cubanidad donde el vigilado «sienta sus reales por espacio de tres meses y medio».

Un tercero, anotó 6.00 USD invertidos en el pago a la señorita Paral por 12 lecciones en español, que el maestro y su esposa le impartirían para cultivar su trato. Con la misma finalidad de obtener información, también desembolsó 0. 20 USD en dulces para los niños de la casa: José Francisco y María.

Burlando al enemigo

A pesar de todos los recursos y artimañas empleados por el enemigo, Martí logró burlar la persecución de que fue objeto, tanto por las autoridades españolas como por las norteamericanas. Tenía conciencia de la actividad de los órganos secretos y del peligro que esta representaba para los planes revolucionarios.

«Tuve que consultar innumerables documentos de diferentes fuentes y archivos cubanos y extranjeros, de manera que pudiera reconstruir y exponer a grandes rasgos el papel de José Martí como conspirador en ese período conocido como Tregua Fecunda o Reposo Turbulento, y del cual poco se sabe», expresa Raúl Rodríguez La O, colega a quien conocí hace casi un año, en Santiago de Cuba. Sobre Los escudos invisibles (Editorial Capitán San Luis, La Habana, 2003) me explica con paciencia de pedagogo. El tema atrae, sin dudas, por su actualidad y prominencia.

«Es justo señalar, que para la realización de esta obra resultaron de gran utilidad los trabajos sobre José Martí y el espionaje, publicados por Nydia Sarabia, René González Barrios, Jorge Petinaud Martínez, José Abreu Cardet y el francés Paul Estrade. Me costó redactarlo dos meses en la computadora, a razón de 10 horas diarias, sin contar las que invertí durante años en la lectura de muchos libros».

En el texto se incorpora una selección de fragmentos de cartas, circulares y artículos periodísticos que abordan la temática y donde, «cuestión curiosa —explica Raúl— se utilizan constantemente las palabras silencio, vigilancia, discreción, desconfianza, reserva, desinformar, fingir, cuidado, sigilo, cautela, invisible, sombra, persecución, redes, acecho, clave, secreto, tinieblas».

—Seguro, como afirmas en la introducción (y te sucedió a ti mismo), los lectores se asombrarán, disfrutarán, reconocerán y amarán aún más la genialidad del Apóstol.

—Fue un campo donde también demostró capacidad, talento, lealtad y valentía. Por eso seguirá siendo el Maestro.

—¿Por qué una veta prácticamente inexplorada?

—Martí es, sencillamente, inagotable; fuente nutricia, de conocimiento y deslumbramiento permanentes. Cada vez que lo leo aprendo algo y me sirve en la vida personal para mejorar como ser humano y, en lo político, para comprender y querer más a Cuba y a las nobles causas de los pueblos, en especial de América.

—Con Los escudos invisibles te propusiste contribuir de algún modo a...

—Significar la labor de espionaje a que fue sometido Martí, de día y de noche, así como las medidas que tomó para contrarrestarlas, sobre todo a partir del 26 de marzo de 1880, cuando ocupaba el cargo de presidente interino del Comité Revolucionario Cubano de Nueva York, en sustitución del mayor general Calixto García Íñiguez.

—En la dedicatoria haces mención a nuestros Cinco Héroes Prisioneros del Imperio.

—Ellos también fueron agentes clandestinos. Es mi manera de solidarizarme. Pensando en ellos escribí «Cinco prisioneros cubanos en Mahón, Baleares, España». Hace unos días recibí una hermosa carta de Antonio Guerrero, llena de patriotismo y fe en la victoria. Leyó el artículo en Granma Internacional y me felicita, lo cual me satisface, pues escribo para servir y ser útil a Cuba y mi gente.

Cartas, palabras sin formas


Mi amigo Loza:

Van los tres: N°1, López; N°2, Zayas; N°3, Reguera.

A López ponga en clave en el mismo papel si quiere lo que va con lápiz; firme como suyos los números 2 y 3: a Usatorres, que su padre me les hable y que les escribo por el vapor siguiente. Abrace a ese padre noble. Escriba la esquela fingida rogándole entregue cartas a José Freire, que las irá a buscar. (4 de agosto, 1893)

Otra carta, esta vez dirigida al General Máximo Gómez:

Las palabras en este caso extremo, serán estas, sin firma alguna de ella:

Imposible, querrá decir: están dispuesto, aguarde carta; prepare expedición.

Regular, querrá decir: venga a Fortune Island, donde yo estaré (y aquí el día en Vd. Pudiese estar allí.)

O, si el cable no pasa por Cuba, y hay una vía que no pasa, puede decirme al principio y fin de dos palabras nulas la fecha y lugar donde debo encontrarlo, por ejemplo: doce cargas listas Cayo Grande. (Noviembre, 1893)

A Gerardo Castellanos, primer gran misionero de la revolución, a quien Martí envió a Cuba, le explica:

Entra, para los trabajos finales, el comisionado, que si no ha despertado ya sospechas, va a La Habana con objetivo especial; y quiero que esta carta que esta noche en el correo.

¿Qué le tengo que decir? Explique la grandeza, la extensión y la energía del Partido. Recalque hoy que, como Vd. en Las Villas, está organizando la Isla. Conózcame todos los elementos revolucionarios de Las Villas y los hombres de ideas locales con que haya que combatir. Ordéneme los elementos revolucionarios, de modo que en cada región quede un núcleo, y queden en concierto y al habla los núcleos de las diversas regiones, y todos en ellos en comunicación regular —procurada por ellos para evitar riesgos—, con el Delegado. [...] Mándeme la dirección de Cuba a que con disfraz suficiente y solo para Vd. Claro, pueda mandarle algún nombre más, y la dirección mía que hayan de poner a las comunicaciones. (4 de agosto, 1892)

—En la guerra que se organizaba, el espionaje era una de las armas más empleadas por el enemigo, de ahí los desvelos del Apóstol por neutralizar dicha actividad...

—Sospechaba de todo y de todos, aunque también alertaba de que aunque el espionaje existía, no había que ver a todo el mundo como espía. Tenía un olfato especial para distinguir y reconocer a los agentes o vacilantes y débiles de carácter que pudieran ser captados por el enemigo y traicionar la causa revolucionaria. En Los Escudos... pueden hallarse numerosos casos que Martí personalmente descubrió y denunció. Siempre alertaba y exigía que en revolución los métodos han de ser callados, y los fines, públicos», apunta Rodríguez La O.

—¿Cuándo iniciaste la investigación? ¿Tiene algo que ver con el último seudónimo (Abel) que adoptó, y sobre el cual uno de los Vitier te dio la pista?

—La empecé entre los años 1977 y 1978, cuando cursaba un postgrado sobre las guerras de independencia de Cuba en España.

—¿Fue en España también donde pudiste confirmar todo lo relacionado con el presidio político de Martí?

—Sí, También encontré las causas del poeta Juan Clemente Zenea, de Rafael María de Mendive, y de los Estudiantes de Medicina de 1871.

—Entonces decidiste...

—Antes debo aclararte que fui a España para confirmar todo lo que se decía el espionaje que se llevó a cabo contra Martí, Gómez, Maceo, Calixto García, Ignacio Agramonte, Ramón Leocadio Bonachea, Serafín Sánchez, Juan Gualberto Gómez.

—No me has respondido mi pregunta sobre el seudónimo.

—Efectivamente. Fue mi amigo Cintio Vitier quien me dio la pista, y ello aparece completo en el tomo 28 de las Obras Completas. Utilizó otros como D-20, Anahuac, D.E. Mantell...

Los agentes «General Luis» y «Vencedor»

El 5 de enero de 1895, en la ciudad de La Habana, se crea la Agencia General Revolucionaria de Comunicaciones y Auxilios. Fundada por un grupo de patriotas que elige como presidente al santaclareño, radicado en la Capital, Jesús Ramón de la Candelaria Pons y Naranjo, el ya legendario agente General Luis. Algo más de tres semanas de constituida, el Maestro le escribe:

Adiós, hasta la otra que será... enseguida [...] ¡Cuánto trabaja Vd... cuando aún nos queda por hacer![...] La libertad viene hacia nosotros, la veo, la palpo... La sangre vertida en el 68 fertilizó los corazones e hizo surgir nuevos caracteres... Vd. Era un descreído y sin embargo hay cree y es uno de los mejores servidores del ideal.

Le abraza,

José Martí.

—¿Por qué un capítulo aparte al General Luis?

—¡Para honor de ustedes, los santaclareños en general , y de los profesionales de la prensa, en particular!, llamados a rescatar su figura, pues nació y estudió la primaria y el bachillerato en esa ciudad. Además, ejerció como periodista en la década de 1890, cuando Martí preparaba y organizaba a los cubanos para el inicio de la Guerra Necesaria.

—¿Un hombre de armas tomar?

—No precisamente. ¡Fíjate qué clase de agente era que, en pleno mando de Valeriano Weyler, tenía penetrado al cónsul general de los Estados Unidos en Cuba, general Fihzhugh Lee, y al vicecónsul, José A. Springer!

Riguroso, responsable y serio en todo lo que asume, hombre de puntualidad inglesa, —«lo que no quiere decir rígido, dogmático extremista», me alerta Raúl, también medio psicólogo en eso de interpretar gestos— me revela otro de los «secretos» vinculado a Villa Clara:, no sin advertirme «eso lo narro en Los escudos...»

«En noviembre de 1877, el coronel del ejército Libertador Fernando Méndez Miranda, con quien el agente General Luis mantuvo contacto, recibe la misión de llevar a Estados Unidos un grueso volumen de correspondencia, dirigida al Partido revolucionario Cubano. Para ello se valió de los agentes secretos de la ciudad de Caibarién. Gracias a uno de ellos, es infiltrado clandestinamente. Allí lo afeitaron, pelaron a rape y cambiaron su vestimenta con el fin de despistar a los españoles. Tres días después, fue conducido a la casa de María Escobar Laredo, la agente Vencedor, quien organiza su salida por ferrocarril hacia La Habana, por cuyo puerto pudo partir el oficial mambí. ¿Satisfecha?

—¿De dónde sacas el tiempo?

—Soy ordenado en grado extremo. Jamás he incumplido en tiempo con la entrega de un libro a la editorial. No paro, Mercedes, no paro...

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