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LA TECLA DE CUBA

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CATURLA ERA MUY ÉL MISMO

Testimonio de la mujer que cuido de niño al músico García Caturla

Por: mamerogar | Publicado: 08/03/2015 03:18 |

 

En junio de 1975 Bárbara Sánchez reveló por primera vez a la prensa pasajes inéditos sobre Alejandro García Caturla, el músico, abogado y juez remediano del cual cuidó desde niño y a quien permaneció atada hasta el mismo día en que un matón le quitó la vida. «Era muy él mismo», es el testimonio de esta mujer, que nació y vivió casi un siglo en la pronto cinco veces centenaria villa de San Juan de los Remedios.

 

Por Mercedes Rodríguez García

Foto: archivo de la autora

 

Aquella mañana de junio Bárbara Sánchez me esperaba, bañada y olorosa a jazmín en su casa de la calle Claribel entre Franco y Subirana.

Hasta la anciana de 85 años [1] me llevó mi amigo Miguel Martín Farto, compañero de andanzas literarias, por entonces estudiante de Medicina. «Abibe tiene muchas reservas con la prensa, pero si te la ganas, es toda tuya», me advirtió por teléfono días antes.

Por suerte no tuve mayores percances. Solo una pregunta, formulada a destiempo, pudo haber arruinado el curso de la entrevista:

—Bárbara, después que mataron a Caturla, ¿quien volvió a tocar su piano?

Cuando mataron a Alejandrito se acabó la casa de los Caturla allí nunca más sonrió nadie ni se volvió a escuchar el piano».

Lo dijo de un tirón, mirándome fija y retadoramente, sacándole voz a los años. Y como si pasara un ángel, imperaron segundos de silencio. Después, sin que mediaran preguntas, arrancó a hablar.

Dejo pues a Bárbara dueña absoluta de la historia y del espacio.

 

¡CANTA, ABIBE, CANTA!

«Casi al año exacto de casados, doña Diana dio a luz a Alejandrito [2], que fue el primero de cuatro hermanos. Yo tenía 16 años y me había acostumbrado mucho a la señorita de la casa, por eso cuando mi señora se casó me dije: 'voy a extrañar a la señorita porque ahora se va a vivir sola. Tengo que hacer algo.' Y con mucho respeto, por todo el cariño y distingo que le tenía, se lo pedí. Entonces me respondió: 'Está bien, es buena idea, pero antes hay que contar con papá, si está de acuerdo, te vas con nosotros.' Por eso es que vi crecer a Alejandrito.

«A él lo amamantaron Teotista, Andrea y Lucía, tres negras de la antigua dotación, pero no esclavas, porque hacía más de veinte años que se les había dado la libertad y ya se les pagaba un salario [3].

Yo nací en la casona que era de sus abuelos y luego de sus padres, en la calle General Carrillo [4] . Se puede decir muy bien que vivió allí, porque fue en ese lugar donde pasó los mejores ratos de su infancia y adolescencia, incluso, allí sentó su despacho de abogado.

« Lo vi muy bonito, casi recién nacido, con su pelo muy negro. Le ponían unos mamelucos preciosos, de género muy fino, todo de blanco, con cintas y encajes. Yo me bañaba hasta dos veces en el día para estar siempre limpia cuando lo cargaba.

«Mientras lo dormía le cantaba rondas y nanas muy lindas, y ya de dos años más o menos, cuando por alguna razón me callaba, él me decía: 'Canta, Abibe, canta'. Entonces continuaba con sonsonetes o alguna canción de cuna africana hasta que se quedaba rendido.

«Todos lo mimaban. De niño no le faltó nada. Le daban unas cajitas llenas de monedas de oro para que se entretuviera. Él las sacaba y las regaba por el piso, las ponía en fila o en pila según el tamaño, se acostaba en el suelo y, desde esa posición, las contemplaba alelado… ¡No! No le daba manotazos ni nada de eso. Yo creo que él imaginaba cosas, ¡vaya usted a saber qué cosas!»

SE PASABA LA VIDA CANTANDO

«Casi toda la familia por parte de doña Diana tocaba el piano y, chiquitico, de tres o cuatro años más o menos, se sentaba a tocarlo, digo, a sonarlo, porque sus deditos iban de un lado a otro de las teclas, sin notas pensadas. Yo le decía que se bajara, que lo iba a desafinar, pero no me hacía caso porque la familia se lo consentía todo. Después sí, una maestra de aquí de Remedios, le dio clases de música.[5]

«También le gustaba hacerse pasar por director de teatro. Se reunía con sus primos y amiguitos del barrio e improvisaban actuaciones. Ponían una sábana como telón de fondo, el repetía lo que debían decir, tocaba algo al piano y los demás cantaban y bailaban.

«Ese muchachito era tremendo, se pasaba la vida cantando, yo creía que en vez de músico iba a ser cantante o actor de teatro, y ya ve usted, fue hasta juez. ¡Y qué clase de juez! Ya crecidito me decía: 'Tú veras, Abibe, deja que yo sea grande, todo el mundo va a hablar de mí.' Óigame, y así mismito fue.

«Alejandrito casi siempre jugaba en la casa, pero a veces lo dejaban ir a un solar cerquita donde se juntaba con un montón de negritos. Debe haber sido por allí donde lo interesaron en los bembés y cabildos de nación. Yo creo que por ahí le entró el gusto por lo africano, a tal punto que tuvo 11 hijos en dos matrimonios con negras. Fundó dos familias [6], como se decía entonces, de color. Pero para que usted vea, fue un padre muy preocupado, joven, pero muy preocupado.

«También fue muy buen hijo. La madre se desvivía por él y él también la adoraba. Doña Diana era muy aconsejadora cuando él salía del pueblo: 'Alejandrito, no vayas a sacar la mano cuando vas por la carretera; no te acuestes tarde, no dejes de comer ni te agotes tanto trabajando.' Cosas de madre, porque Alejandrito era lo más responsable que usted pueda encontrar.

«Él me decía: 'Abibe, es que mamá se cree que yo soy un niño. 'Y para mí nunca dejó de serlo. Si me lo hubiera permitido yo hubiera sido hasta su guardaespaldas, que por cierto, nunca quiso tener.

«Se llevaba muy bien con sus hermanos. Él llegaba a la casa y se sentaba al piano y a veces su hermana Laudelina cogía la guitarra y se ponían a tocar los dos. ¡No, mi hija, qué me voy a acordar de la melodía! Eran muchas, a veces hasta inventadas en el momento. Alejandrito tocaba también la viola, el violín y creo que el clarinete y otros más de viento.

HASTA SU CASA IBA LA GENTE A PEDIR JUSTICIA

«Como abogado era muy bueno y, como juez, muy recto. Bueno, de esta parte no le puedo contar muchas cuestiones porque no hablábamos de esos asuntos. Tal vez Catana [7] pueda contarle más en particular. Lo que si sé es que Alejandrito nunca dejó de escuchar a nadie que fuera a verlo. Hasta su casa iba la gente a pedir justicia, y él los escuchaba muy atento, sin reproches, sin un gesto de desagrado.

«Todo el pueblo lo quería, digo, toda la gente buena de este pueblo. Porque Alejandrito también tenía enemigos. Sí, politiqueros unos y delincuentes otros. Los primeros querían administrarlo cuando él hacía justicia. El no diferenciaba a los acusados ricos de aquellos que nada poseían. Multaba o metía preso a todo el que no cumpliera con las leyes.

«Una vez hizo dormir en la misma celda a un comerciante que tenía mucho dinero aquí. Los familiares del rico querían llevarle una cama con colchón para que durmiera, y Alejandrito dijo que no, que ahí todos tenían que dormir igual. Eso lo recuerdo porque levantó mucha polvareda y lo incomodó tanto que lo hizo soltar hasta una palabrota, no tan fuerte como las que grita cualquiera ahora, pero sí un '¡Caramba! ¿Qué se ha creído? ¿Que el dinero diferencia los huesos de los ricos y los huesos de los pobres?'. Tenía fama de hombre incorruptible, y así fue hasta su muerte.

«Otra vez, en un pleito grande, Alejandrito ya tenía todas las pruebas para condenar a un asesino, pero con muchas influencias políticas. Bueno, por todas partes que pasaba Alejandrito buscando pruebas y más pruebas, lo que encontraba era chanchullos, mentiras y amenazas. Un día llegó a la casa y me dijo: 'Abibe, lo peor es que yo sé lo que hay y me quieren hacer el bobo'. Esa fue una de las pocas veces que lo vi triste y muy serio.

ERA LO QUE SE DICE UN HOMBRE METÓDICO

«Sí, sí, era muy pulcro en el vestir, siempre de traje y sombrero, se veía muy buen mozo. Los zapatos siempre le brillaban cuando salía de casa, pero muchas veces regresaban empolvados o enfangados cuando hacía las gestiones a pie.

«Tenía todo muy ordenado y no gustaba que nadie le tocara sus libros y mucho menos sus papeles. Aunque tenía quien le hiciera las gestiones, por ejemplo ir al correo, él personalmente buscaba la correspondencia. Decía que para dar un paseíto y estirar las piernas.

«Era lo que se dice un hombre metódico. Se levantaba muy temprano y trabajaba hasta eso de las doce del día. Regresaba a la casa, se aseaba, almorzaba, reposaba, merendaba algún jugo, jugaba un tiempo con sus hijos, y luego se iba a casa de sus padres que era donde tenía el piano, y entonces se ponía a tocar. Por la noche se ponía a estudiar algún caso o una partitura. A las once más o menos ya iba y se acostaba.

«La muerte de Alejandrito fue un golpe muy grande. Había que ver el entierro, una verdadera manifestación, y aunque la comparación no es la mejor, tan grande como en las fiestas de los Siete Juanes.

«Detrás de su muerte había muchos. Una vez dos de mis hijas llegaron a un central, creo que Adela, y en una tribuna improvisada había encaramado uno de aquellos politiqueros de la época. Cuando se bajó alguien se le acercó —que mis hijas lo escucharon muy bien— y le dijo que a Caturla lo habían matado. ¿Y sabes lo que respondió?: 'No ahora, a ese lo debían haber matado diez años atrás'. ¡Qué hombre tan desvergonzado!

«Un día que regresaba de Placetas, Alejandrito me dijo que Catana lo había advertido que no cogiera siempre por el mismo lugar, porque ya una vez, en Palma Soriano le había hecho un atentado. No lo mataron por puro milagro.


Los enemigos le salían por todas partes, por Ranchuelo, por Buena Vista, por Remedios mismo. Yo creo que él sabía que lo iban a matar porque preparó el testamento para que sus hijos no se quedaran sin nada.Yo no sé como se enteró doña Diana, pero un día, de mandada que era cuando se trataba de Alejandrito se fue hasta la mismita mansión de de la familia de Gómez Gómez en Santa Clara, para pedirle que a su hijo no podía pasarle nada.

«Pero Alejandrito era algo así como maniático, rebelde, jorocú. Por aquí, decía, y por aquí cogía. No por terquedad en cuestiones de justicia. En lo demás, no tenía prejuicios, vivía su vida: él era muy él mismo. 'Yo no tengo que huir ni esconderme de nadie, Abibe, yo no soy un bandido, soy un hombre leal a la ley'. Así me contestaba siempre que yo también le tiraba de los pelos por lo despreocupado que andaba de pueblo en pueblo.

QUERÍA UN PIANO CON SU DINERO

«En el museo están el traje que traía puesto el día que lo mataron [8]; el sombrero, todo aplastado, y los espejuelos con los cristales rajados. «No, mi hija, ¡qué va!, ¿yo al museo? En realidad no me gusta ir, si algún día no me queda más remedio, tal vez…

«Tampoco me gustan las conversaciones. Uno dice cosas y después ponen otra, por eso nunca doy entrevistas. A usted, porque viene recomendada por su amigo, que me conoce y sabe como soy.

Usted pregunta mucho y a veces me dice palabras muy delicadas de responder, cosas que no fueron como la gente dice, la gente inventa mucho.

«¿Qué de qué me lamento? ¡Vaya, caray: de nada! Porque ni de negra ni de vieja, que negra y vieja voy a ser por mucho rato. Siempre ando así, con calma, sin molestarme, limpia por fuera y por dentro porque de nada tengo que arrepentirme.

«¿Con respecto a Alejandrito? Haber, déjeme hacer más memoria que la que he hecho hasta ahora... Quizás de que no hubiera podido comprar un piano con su dinero, para tenerlo en casa, con sus hijos. Me hago la idea que en uno de sus viajes a la Capital tenía visto uno. Pero ya ve, lo mataron, lo mataron antes de cumplirse el sueño. Hay sueños que no se dan, y cosas que una jamás sueña y ocurren. Así es la vida. [9]

 

Notas:

[1] Bárbara Sánchez nació el 4 de diciembre de 1890. Murió en su Remedios natal, el 31 de abril de 1991, a poco de cumplir los 100 años.

[2] Alejandro Evelio García Caturla nació el 7 de marzo de 1906, en Remedios, entonces provincia Las Villas.

[3] La Ley del 12 de febrero de 1880 de abolición de la esclavitud, no convirtió automáticamente a los esclavos en hombres libres. En virtud de la formulación legislativa, el antiguo amo abonaría al esclavo «liberto» solamente una parte del salario que por su trabajo debiera recibir, si fuera libre, pasando la otra parte a manos del amo en calidad de indemnización, por la pérdida que representaba liberar al esclavo.

[4] Hoy Camilo Cienfuegos No. 51

[5] Se refiere a la profesora María Montalbán.

[6] Caturla tuvo dos uniones consexuales al mismo tiempo: Catalina y Manuela, negras y hermanas.

[7] Bárbara se refiere a Catalina Rodríguez (Catana) con quien tuvo tres hijos.

[8] Alejandro García Caturla falleció el 12 de noviembre de 1940, al ser baleado por un matón que lo había amenazado para que no lo acusara en un juicio, a lo que el músico respondió que cumpliría con la justicia.

[9] Parte de este testimonio aparece en el reportaje «Alejandro García Caturla: Resplandor contra todas las sombras» publicado por la autora en el periódico Vanguardia del 15 de junio de 1975.

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