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LA TECLA DE CUBA

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El robo nuestro de cada día

La ausencia de mercado interior y carencias de todo tipo no "autoriza" el robo

Por: mamerogar | Publicado: 28/07/2014 14:28 |





Por Mercedes Rodríguez García

Apropiarse de lo ajeno sin el consentimiento de su dueño —sea particular o estatal— se llama robo, aunque el sustantivo asuste y algunos lo quieran «suavizar» por «hurto», que no es lo mismo ni se escribe igual. Lo cierto: el robo, de este a oeste y de norte a sur de nuestro querido planeta, constituye un delito y es penado por la Ley que, a la hora de tipificar; resulta bastante prolija para «suerte» de acusadores y defensores expertos en andar y desandar los vericuetos de lo legislado.

No es mi intención en este breve comentario «divagar» entorno a la clasificación del robo de acuerdo con «las circunstancias que obran en su perpetración», ni tampoco discurrir alrededor de tan repugnante sujeto-acción, asunto que dejo a los entendidos (Derecho, Filosofía, Religión, Política), dada las paradojas y las contradicciones que supone —para la teoría y para la praxis concreta— la moderna escisión de cuando lo «legal» no es «moral» y viceversa. Sin embargo por ahí anda el meollo del asunto.

¿Cómo es posible que el robo se haya entronizado en nuestra sociedad a todos los niveles y lo peor, que tantísimas personas lo justifiquen recurriendo al popularísimo refrán «Ladrón que roba a otro ladrón tiene cien años de perdón». O este otro menos conocido: «La ocasión hace al ladrón». O le endilguen al propio José Martí que «robar un libro no es robar». ¡Caray! «Cree el ladrón que todos son de su condición».

Peor aún cuando alguna madre exhorta a su hijo a robar porque a su vez, en la escuela, le han robado algún objeto. Incluso, el asunto se torna más serio cuando, acompañada de una sarta de improperios y palabrotas le amenaza con «una mano de leña» la próxima vez que suceda y venga sin «otro» lápiz, colores, libro, libreta, mochila...

Pero hay más. ¿Acaso el «estado de necesidad», la ausencia del mercado interior de muchos artículos y productos conlleva —de hecho o cohecho— la sustracción, el desfalco...? ¡Ah, la tentación! ¿Tentación? ¿Y el descontrol, la falta de exigencia, que propicia la comisión de delitos grandes, medianos y pequeños?

¿Por qué estoy obligada a invertir de mi modesto salario en moneda nacional cientos de pesos para mandar a construir una reja para la puerta de la calle, el balcón o las ventanas? Si usted camina por las calles, fíjese (izquierda, derecha, arriba) y verá que son pocas las personas que han optado por los barrotes, para beneplácito de de forjadores, que «compran» materia barata (acetileno, varillas de soldar, cabillas) de dudosa procedencia aunque sabemos como se «pierden» de los parques las armazones metálicas de bancos y aparatos para la diversión infantil, y de las calles las tapas de registros y postes de señalización, por solo citar dos ejemplos. Valga, pues, lo «De mercader a ladrón, un escalón».

Cierto que «Arca abierta al ladrón espera», porque el propietario o dueño es el primero que tiene que tomar medidas para que no le roben, y aunque «Al hombre pobre no le salen ladrones», abundan también los «rateros» y cleptómanos, cuya propensión morbosa al hurto los lleva a apropiarse hasta de un objeto de su más cercano familiar.

Y el punto llega al clímax del que roba ideas, y oraciones y párrafos enteros de internet, hasta aquel que toma partido por el ladrón hollywoodense, casi siempre interpretado por un famoso (a) versus —Whoopi Goldberg, «La Ladrona»— y por demás, no pocas veces simpático y de buenas maneras, al estilo de Arsenio Lupin, ladrón de guante blanco creado por el escritor francés Maurice Leblanc. Sin citar las miles de canciones que acuden a frases tan manidas como robarte un beso, ladrón de amores, soy un ladrón, etc., etc., etc. o referirme a la especie de ícono caricaturesco con antifaz y linterna.

Sucede como el tabaco, la droga, el alcohol y la pornografía, que se empieza por un «inofensivo» cigarrillo mentolado, un porro de marihuana, una copita de vino, o una foto de alguna modelo con los senos al descubierto, y se termina en la adicción, el morbo y hasta en el crimen. Eludan la primera vez. Y en el caso de las madres, jamás permitas que tu hijo (a), nieto (a) o familiar traiga a casa un objeto de dudosa procedencia. Pregúntale de quién es, de dónde lo sacó, y si no es de él, llévalo tú misma a la escuela y oblígale a devolvérselo a su dueño. Ya lo dice otro refrán: «De carbonero mudarás, pero de ladrón no sanarás».

Les cuento que en la antigua Mesopotamia el rey Hammurabi (1722-1686 a. C) ordenó que todo el pueblo conociera la ley y sus castigos, a través de un Código (Ley del Talión) de fácil interpretación, describiendo primero la conducta delictiva y luego el castigo. Al autor de un robo, por ejemplo, se le cortaba la mano. Lo que más disuade a los ciudadanos de violar la ley no es la exagerada gravedad de la pena, sino la inexorabilidad de la justicia. ¡No! No vaya a pensar que estoy sustentando el «ojo por ojo, diente por diente» del monarca babilónico. No se trata de aplicar castigos inhumanos, sino valerse de puniciones relativamente leves pero con toda seguridad. Aunque después de todo me causa estupor el imaginarme una multitud mancos deambulando por las calles, si en los tiempos actuales la Ley funcionara como el Talión.

Cavile igualmente como un religioso, siempre sujeto a la ley divina que prohíbe causar el menor daño al prójimo, y manda restituir lo que se posea injustamente (Séptimo Mandamiento: «No robarás»). Repito. No basta lo legal. En la práctica la legalidad puede terminar no sólo separándose de la moralidad, sino desconociendo y aún contradiciendo el mandato moral.

Hay que educar a la familia y en familia, a la escuela y en la escuela. No basta con poseer determinada cultura, que a veces niega la instrucción. Hay que educar también en el amor; inculcar desde las edades más tempranas el hacer el bien y decir la verdad; la honestidad —con uno mismo y con los demás—, borrar de la faz del universo los llamados «Pecados Capitales»: la soberbia, la lujuria, la gula, la avaricia, la envidia, la ira y la pereza, que tanto afectan la vida en las organizaciones, en las empresas, en la cuadra, en el barrio, en familia.

Pero ya esto es «harina de otro costal». No los retengo más porque,

—parafraseando a Mahatma Gandhi—, el que retiene algo que no necesita, es igual a un ladrón. Y ustedes, queridos lectores, son mis amigos. Así que ni una línea más. Aunque, a fuerza de ser honesta, son los amigos quienes con mayor frecuencia se convierten en ladrones de nuestro tiempo.

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