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LA TECLA DE CUBA

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Periodismo diverso en todos sus géneros

Por: mamerogar | Publicado: 25/04/2011 16:09 | | #Cont:3
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Por Mercedes Rodríguez García

 

Relato de mi primer encuentro con Raúl García Martí, sobrino de nuestro Héroe Nacional, quien radicó en Santa Clara entre principios de 1960 y mediados de 1980 del pasado siglo. El ya entonces octogenario ingeniero textil me refirió su versión sobre la caída del Maestro, el 19 de mayo de 1895, así como los argumentos en que basó su negación sobre l posibilidad de un acto suicida o de inmolación.

El ENCUENTRO EN EL HOTEL MODELO

Solo me urgía escuchar su opinión para definir una polémica en la que me había metido, inspirada por las clases de Literatura Martiana que recibía como parte de mis estudios de Filología en la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas. (UCLV)

Serían los años 1978 ó 1979. Un amigo de mi padre, el doctor Entralgo, me manifestó que él podía localizar al ingeniero García en el hotel Modelo, que «era gente amistosa», y que «si además le decía quien me mandaba, no se negaría a recibirme.»

Efectivamente, un mediodía, en la habitación 85, compartí varias horas con Raúl García Martí, uno de los 18 sobrinos del Apóstol, hijo de Rita Amelia (la mejor de sus siete hermanas), y el único de los 28 familiares directos que quedaba vivo en Cuba.

Le expliqué que por aquellos días me hallaba enfrascada en una ponencia sobre las circunstancias que rodearon la caída de su tío en Dos Ríos, y que él, mejor que nadie, podía saber cual de las versiones se ajustaba más a la realidad de acuerdo con el carácter y la personalidad del héroe.

Sus ojos saltones, salidos de las órbitas, sobredimensionaron la fealdad de un rostro pletórico de arrugas. Sin mediar palabras se levanto cuan alto era y, colocándome su larga y delicada mano sobre la cabeza, me respondió con otra interrogante: « ¿No has leído lo que escribí al respecto, verdad?»

Tuve que confesarle que no, aunque sí lo conocía como autor de una biografía familiar, muy llevada y traída en la época en que vio la luz.

«Aquí no tengo ninguno, pero dígale al doctor Entralgo que le facilite uno, yo le entregué dos ejemplares que me quedaban», añadió. (Nunca me lo prestó, era un «bibliófilo», tacaño y egoísta.)

Pensé que había metido el delicado y no me seguiría contando. Mas se sentó al borde de la cama, prendió un tabaco y, luego de sucesivas chupadas y exhalaciones, comenzó a hablar:

«Mire, yo me adhiero a lo que contó Máximo Gómez en su diario. Él estuvo a su lado hasta poco antes de su caída. Quienes fundan una teoría suicida solo piensan en vituperarlo. Copado por fuerzas muy superiores, prefirió morir, sí, y no por la espalda, sino como en sus Versos sencillos, de cara al sol.»

MUY INJURIOSO TILDARLO DE CAPITÁN ARAÑA

Fue como si la conversación hubiera terminado, porque se levantó y encaminó sus pasos hacia la puerta entreabierta… ¡Qué bueno!, la cerró y volvió a la posición anterior. Respiré profundo y, sin darle tiempo a su elocuente verbo, le transmití algunas consideraciones que quizás partían —le aclaré— de la respuesta que Martí diera a la carta abierta de Enrique Collazo, misiva que le llega como una daga en su exilio neoyorquino, cuando ya había logrado unificar los distintos clubes y estaba a punto de fundar el Partido Revolucionario Cubano.

«Mire, jovencita, Collazo, quien termina embarcándose con mi tío hacia Quisqueya. Fue muy injurioso al tildarlo de Capitán Araña, y decirle que al volver a encenderse la guerra, continuaría predicando la acción, pero sin ir al combate. Como era de esperar, la reacción de Martí no podía ser tibia, sino ardiente, elevada y aleccionadora.

Y citó de memoria y textualmente la respuesta: «Creo, señor Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que ya no me falta, el valor necesario para morir en su defensa.»

— ¿Coincide usted conmigo en que dicho mensaje pudo motivar cierta fantasía sobre el arrojo de su tío?

—Tal vez, pero le repito que no hay buenas intenciones en ese tipo de hipótesis que en la década del 50 del ayudó a afianzar una película muy mediocre, mexicano-cubana de El Indio Fernández titulada «La rosa blanca

— ¿Recuerda alguna escena, Raúl?

—Existe una escena donde se aborda la reacción de Martí ante la carta de collazo, casi junto a otra de la partida hacia los campos de Cuba en armas. Se ve la estela del barco y, a continuación, mi tío, enfermo y atribulado, dictando la respuesta. En los espectadores quedaba la impresión de que aquel viaje era impulsado por aquella cita pública de Collazo. Pero analice usted. Entre ambos hechos, en realidad, ¡hay nada menos que tres años, fundamentales y decisivos!

—Raúl, el doctor Entralgo me mostró una foto del cadáver de su tío en el momento en que se procede a una nueva exhumación, el 26 de mayo de 1895. Fue publicada en una revista Bohemia de 1959, acompañando un artículo en el cual su autor afirma que Martí quedó herido y no muerto al instante…

— ¡Eso es mentira!, dígale a Entralgo que me mande esa Bohemia.

—Espere, déjeme terminar. También en esa misma publicación, en un número de 1953. Parece un encendido comentario acerca de cómo fue recolectado el dinero para construir el monumento que preside la actual Plaza de la Revolución en Ciudad Habana…

—Es posible de suponer que mi tío cayera gravemente herido. Y lo pienso por la nota que dejó al Jefe de la Fuerza que lo conducía, en la tienda de doña Modesta. Por allí pasaron, en su rápida retirada, con la valiosa presa.

—Sí, traigo anotado el texto. Le leo: «Martí, herido, lo cuidaré y se lo devolveré.»

—Así mismo es. Pero dado el fanatismo reinante entre la tropa española, al conocerse de quien se trataba, quizás rematasen su vida con el tiro de gracia, que pudiera ser el que presentaba su cadáver en la cara.

—Eso se lo dejo a los investigadores, no quisiera especular. Deme sus puntos de vistas.

—Lo demás es bien conocido: arrastraron su cuerpo por el fango y lo enterraron inhumanamente, sin lienzo ni ataúd, como acto de cruel ensañamiento.

UNAS HONRAS QUE MI TÍO HUBIERA RECHAZADO

 — ¿Y lo del monumento?

—A mi juicio constituyeron unas honras que mi tío hubiera rechazado de seguro. Por decreto número 42 de septiembre de 1952, y no por conciencia y voluntad popular, se recolectó el dinero a dase de impuestos y exacciones económicas. Fue una medida general y obligatoria: días de haber del personal de comercio e industria, portes de contribuyentes al seguro de salud y de Maternidad Obrera y de todo aquel que se ganara el pan con el sudor de su frente, profesionales, empleados, asalariados, instituciones. Diez centavos por cada una de las cabezas de ganado vacuno sacrificado, quintal de café limpio o beneficiado, tercio de tabaco en rama; veinte centavos por cada millar de tabaco y uno por cada catorce ruedas de cigarrillos fabricados en ese año.

—Era por el año del centenario del nacimiento Apóstol.

—Y de la politiquería…

— ¿Y si alguien se negaba?

Se preveía la desobediencia y el castigo. Yo me pregunto: ¿Por qué no cogieron ese dinero del Tesoro Público? Claro, ya estaba exhausto debido al vals de la política de la época, el usufructo tomado del poder. Palacios, fincas, yates propios, cuentas en bancos extranjeros. Todo salido de las aras nacionales para beneficio de particulares, de privilegiados de la sinecura y la botella. Una forma más de corromper el sentido honorable del trabajo y de la educación del pueblo. Se malgastaba la plata necesaria para escuelas y hospitales…

Iban a dar las cinco de la tarde, y Raíl, metódico en sus costumbres, me advierte la hora.

— ¿Puedo venir otro día?

—Venga cuantas veces guste, me avisa antes. Ya me conoce. Prescinda del doctor Entralgo. Prefiero conversar por las mañanas, son más frescas y me fatigo menos.

Como por ese tiempo me había picado el «bichito» del periodismo, pensé que sería bueno. Regresé dos o tres semanas después, en compañía de un colega. En mi agenda de entonces, hallada años después durante una de esas limpiezas generales a al papelería acumulada.

Nunca escribí un artículo con fines publicables. Hasta el año 1999 durmieron las notas y la transcripción de la breve entrevista. Se cumplían entonces 104 años de la caída del Apóstol. Tuve que hilvanar recuerdos y darle forma a detalles enriquecedores del memorable encuentro.

De Raúl García Martí supe que falleció en los años 1990, en un hogar de ancianos de la capital cubana.

Guardo de él también el testimonio sobre su madre y su abuela doña Leonor, así como el que con relación a su persona me ofrecieron dos mujeres que le brindaron su amistad y cuidado, desde que abandonó su quinta en Tapaste y llegó a Santa Clara para entregarse en cuerpo y alma a la construcción y montaje de la fábricas de sacos (SAKENF), cuyas primeras máquinas donó y echó a andar.

La misión le fue confiada por el entonces Ministro de Industrias Comandante Ernesto Guevara de la Serna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios
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Muy buen trabajo. Felicidades.
Alex
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Por Mercedes Rodríguez García

 

Nadie lo sabe con certeza, pero cuentan que Don Luis Estévez se dedicó a cuidar con sumo esmero el lugar donde descansaban los restos de su querida Marta Abreu, en el cementerio norte de París. Muy temprano en la mañana, sin importarle el frío, le llevaba flores y las arreglaba con cuidado en la jardinera de mármol.

  

Contó algún celador que mientras las colocaba, Don Luis hablaba en voz queda, y que luego, sombrero en mano, completamente vestido de negro, acariciaba una de las aldabas de la parte derecha del sepulcro, como para despertar a su amada que dormía.

A partir de aquel 2 de enero de 1909, solo le venían a la cabeza malos pensamientos. Mucho había sufrido desde que declinara a la vicepresidencia de la República. 

Cierto que el retiro en el central  San Francisco, en Cruces, había mejorado su salud algo resquebrajada. Fue en ese ingenio donde,  el 31 de marzo de 1905, escribió su carta de renuncia, luego de comprender que sus invocaciones patrióticas y las de su incomparable compañera, eran desatendidas por Estrada Palma.

Largo habían conversado sobre el asunto: 

—Amantísima mía, presiento la tormenta, están obrando en mengua del bien común y del decoro nacional, la República se tambalea.

—Iremos a Palacio, Luis. Las medidas de Don Tomás para garantizar la reelección presidencial son totalmente arbitrarias. Ya encontrará sustituto entre los más compenetrados con sus aspiraciones y su política.

—Lo sé, pero echará la pelea contra todos aquellos que quieran oponérsele. 

Y con el cerebro convertido en torbellino, con pasos lentos, se alejaba de la tumba. Mas, solo unos metros y retornaba frente a la lápida. El aire había liado el ramo de rosas y él volvía a componerlas. Luego, bordeaba el sepulcro, miraba el cielo gris y se acosaba  con preguntas inútiles: 

—¿Por qué no primero yo? Tú, mujer tan fuerte, ¿cómo fue posible que no te recuperaras de una operación de apendicitis si lo hiciste de la muerte de nuestra pequeña hija? ¿Cansada de vivir? ¡No, si me tenías a mí! ¿Qué podrían significar 63 años, mi querida Marta? El amor no tiene edad. Yo te amo y no puedo vivir sin tus consejos, sin tu compañía.

Y volvía a acomodar los tallos y corolas, y a acariciar las aldabas:

—¿Qué va a ser de mí solo, apenado, tristísimo? Supimos vencer las contrariedades con tu familia, hicimos un hogar, tuvimos a Pedro, luchamos por la Patria y por tu ciudad a las que entregaste casi toda tu fortuna. ¡Oh!, mujer ángel de voluntad y modelo de perfecciones, la compañera ideal del hombre ilustre, esclarecido,  bueno y de pulcros sentimientos, como tú misma me calificabas… 

Por fin llegaba la hora de marcharse, nuevamente con el sombrero en la mano, sin darle la espalda a la cripta en señal de respeto. Se alejaba cabizbajo, sumido en un interminable monólogo que duraba gran parte del camino hacia la puerta principal del cementerio, donde lo espera un automóvil. 

Nada se sabe a ciencia cierta, pero cuenta el mismo celador que el último día que lo vio «hablando con la tumba» fue a los treinta y un día de «enterrada la finada». 

Llegó como siempre, con la pucha hermosísima de rosas Iceberg o  Polyantha  o  Lambertiana. De las más caras y hermosas que se vendían en Francia. Pero esta vez lo vio más cabizbajo y pálido que nunca, algo desaliñada la barba. Al día siguiente supo que el señor se había dado un tiro. 

Lejos de su Patria, agravados sus males físicos, inconsolable por la pérdida de su idolatrada compañera, no encontró mejor salida. De su casa en la calle Beaujon, a las 11 de la mañana del 5 de febrero, saldría el féretro hacia el mismo cementerio de Montmartre, presidido por su hijo Pedro Nolasco Estévez y Abreu. 

Sobre el ataúd una corona enorme, de orquídeas, «y flores raras», comprada en una afamada floristería de la Avenida Klever. 

La noticia llegó a Cuba y no hubo periódico que dejara de publicarla, seguidas de sueltos, artículos y crónicas. «Has muerto lejos de tu hogar, viudo e inconsolable, mártir de tus más santos amores», escribiría su íntimo amigo Raimundo Cabrera en El Fígaro del 7 de febrero de 1909. 

Once años después los restos de los eternos amantes llegaron al muelle de San Francisco, La Habana, a bordo del vapor Flandes. Unidos para siempre aquellas dos almas filantrópicas que en todo tiempo rindieron «culto de devoción a la caridad y al patriotismo en obras imperecederas de piedad y progreso». 

Solo el viento trae sus sombras. En hombros de los obreros portuarios descienden los ataúdes.  Nada  de bandas militares, ni armón, ni sonido de cañones. Según parece, «por  instrucciones testamentarias o instrucciones o deseos dispuestos en familia, debido a la sencillez a la que siempre rindieron culto». Los restos deberán ir directamente desde el muelle al cementerio de Colón.

En el recuerdo, que va más allá de la muerte una continúa siendo el complemento del otro. Marta poseía una mente imaginativa; Luis, el don de llevar las obras hasta las últimas consecuencias.

De ahora en adelante, sus huesos de amarían en el contacto ya frío de cielo y tierra viejos con una mansedumbre de atardecerconstante. (1)

Fue el de ellos un amor limpio, sereno, reflexivo; perenne y oloroso como las rosas Iceberg,  Polyantha,  y Lambertiana; de motivos, colores y formas especiales, como las orquídeas.

 


Fuente bibliográfica principal: 


«Marta Abreu Arencibia y el Dr. Luis Estévez y Romero. Estudio Biográfico», por el Dr. M. García Garófalo y Mesa. La Habana, 1925. Imprenta y librería La Moderna Poesía, Pi y Margall 135.

(1) Del poema, Lluvia, de Federico García Lorca, Granada, 1919)

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Por Mercedes Rodríguez García.

 

Lo escuché hace unos días en un carretón, espacio público que aprovecho de  vez en vez para tentar los estados de opinión sobre determinados temas, lanzando como alguien me dijo, «la manzana de la discordia» pues para nadie constituye un secreto lo dado que somos  los cubanos al comentario. Mas juro que en esta oportunidad no fui yo quien desencadenó la lengua a los viajantes.

La sin hueso colectiva la desató la canícula por mediación de una señora gruesa, entrada en años y atestada de traslúcidas javitas. (De esas que pocas veces ofrecen en las shoppings y nunca faltan en sus exteriores.)  A pleno mediodía la cubierta  de nylon negro del techo, más la plegable de un lateral extendida —por si llovía—  convertían el interior del  esmirriado vehículo en un baño ¿turco?

Al paso del cansino el resto de los pasajeros fue sumándose: un presuntuoso cincuentón, dos reclutas, una abuelita, una empleada de gastronomía,  un CVP, y un joven de quien no esperaba ninguna participación por imaginarlo suspendido del ejercicio de dos de los sentidos a juzgar por las supergafas y la música que embutía en sus oídos el Mp3.

La señora de las javitas hablaba abanicándose fuertemente: «Yo soporto todo menos el calor…» «A mi lo que me da rabia son los apagones », responde la gastronómica. EL CVP pone su granito de arena. «¡Hay otras cosas peores de qué lamentarse…» La abuelita expresa: «Peor que el calor, nada; el calor quita hasta las ganas de trabajar.» «Por eso yo quisiera vivir en Alaska!», apunta el cincuentón. De nuevo el CVP a la riposta: «Usted debe ganar mucho para pagarse el pasaje al Polo…»

La frase más pintoresca por la aporta el muchacho del Mp3 quien, de forma brusca, se ha quitado los audífonos: «Una por usted, abuela, eso mismo dijo Montesquieu, que los países cálidos como el nuestro propician la modorra y la holgazanería…» Y volvió a colocarse ambos adminículos. Luego  no pronunció una palabra más, pese a que casi todos se quedaron botados con «el Montesquieu ese», a juzgar por la interrogante carajuda del cincuentón, a quien uno de los reclutas le contesta: «Ese tal Monte… debe haber sido tremendo segregacionista.»

Inesperadamente intervino el carretonero dándole un fustazo al caballo. «¿Así que ahora se le llama modorra y holgazanería a no querer trabajar? Porque eso es lo que abunda en Cuba, gente que no quiere doblar el lomo pa’ buscarse los pesos… ¡partía de vagos!  Ni los guajiros, ni los hijos de los guajiros, señores, quieren trabajar la tierra.»

El cochero, sin proponérselo había puesto el dedo sobre la llaga y también, con su fusta, a correr al caballo. Silencio, ¡y a sujetarse! Fin del viaje Parque- Terminal de Ómnibus Interprovincial. Apenas he bajado y caminado unos pasos cuando siento que me tocan en la espalda. El joven del Mp3, sin detener se me sorprende: «Yo sé que usted es periodista, métale el coco a Montesquieu que era un tipo inteligente.»

Sin acudir a fondo a la obra de el autor de Cartas persas (1721),   Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos (1734),  El espíritu de las leyes (1748),  textos que se leían con entusiasmo, en secreto y a escondidas a principios del siglo XIX, convengo en que sí: el clima puede influir en algunas cualidades físicas del hombre pero no determinar que los habitantes de una nación u otra resulten más o menos perezosos o activos.

El clima nada tiene que ver con el letargo y la apatía hacia el trabajo, virtud que solamente se practica por el placer que experimenta el espíritu, o por los recursos que proporciona para satisfacer las necesidades de la vida. Pero voy a referirme al trabajo como  el esfuerzo realizado para asegurar un beneficio económico, ya que muchos especialistas diferencian entre trabajo productivo, o sea aquellos tipos de manipulaciones que producen utilidad mediante objetos, y el trabajo improductivo —como el que desempeña un músico—, que es útil pero no incrementa la riqueza material de la comunidad.

Durante la colonia y la seudorrepública, el juego, el analfabetismo, la discriminación, la falta de empleos, de instrucción, de escuelas y universidades, de centros de cultura y de recreación; la pobreza absoluta, la mendicidad y otras calamidades sociales imperantes en Cuba, estimulaban la vagancia, término que según el Diccionario de la RAE significa holgazán, perezoso, poco trabajador; vacío, desocupado, sin el logro de un fin o intento que se desear.

No es el caso. La Revolución, a lo largo de casi medio siglo de transformaciones constantes, ha dado solución a cuadro tan denigrante. Y aunque no dudo que existan vagos por ahí, el fenómeno es otro. Como bien dijo el carretonero, y en otras palabras, la cuestión radica en buscar el dinero rápido, sin riesgos ni esfuerzos. 

Algunos le llaman especulación, vocablo  que no se ajusta de manera exacta con nuestra realidad. El especulador vive de las fluctuaciones de precios de las materias primas o de las unidades monetarias de cada país, y opera en los mercados de futuros, con la esperanza de vender en el mercado continuo a mayores precios antes de la fecha de vencimiento del activo. Aunque el término “especulación” se utiliza a menudo con un tono peyorativo, no es más que un tipo de inversión donde el agente asume riesgos de los que no se puede cubrir. Su variante popular cubana serían los acaparadores.

Sí existe el conocido mercado negro, o sea,  la venta ilegal de bienes violando la fijación de precios y el racionamiento gravados por el Gobierno. En tales circunstancias, algunos consumidores yacen listos a pagar precios anormalmente elevados para obtener bienes escasos; y otras personas, dispuestas a venderlos a esos montos, no importan los riesgos, incluidos los de tipo legal. En este «comercio» —incluyendo el  cambio ilícito de unidades monetarias—  usted encuentra de todo,  en pesos o en CUC,  y en oportunidades,  ausentes en las empresas estatales.

El fenómeno resulta complejo porque trabajo es lo que sobra en este país. La construcción y la agricultura, por ejemplo,  piden brazos a gritos. Habría que revisar y superar las ineficiencias de nuestro sistema económico quitándonos un poco la tan llevada y traída justificación de país bloqueado, actuar a tenor con las leyes de la Economía y las Finanzas, que operan de modo independiente a las voluntades políticas, y por supuesto, sin renunciar a uno solo de logros que nos han convertido en país independiente y en uno de los sistemas más humanos del mundo.

Se trata de generar bienes, de que el peso adquiera un respaldo productivo. La solución no radica en incrementar los salarios. Los aumentos salariales pueden producir un aumento de la propensión al consumo, y no al ahorro, en una economía como la nuestra. Otro de los efectos negativos de los aumentos de salarios son las mayores presiones inflacionistas, ya que tienden a trasladar a los precios estos aumentos en los costes de producción, peligro que se puede evitar si los sueldos no aumentan sobre los niveles de productividad.

No todos podemos comprar un aire acondicionado, mucho menos un auto y por ahora constituye una quimera viajar a Alaska. Tampoco nos libraremos de un tirón de los apagones ni vendrán aumentos salariales  «al por mayor».  Del escritor y jurista galo, sus ideas trasnochadas  y su furor por los principios de los fisiócratas y los librecambistas, prefiero no hablar. De la modorra y la holgazanería hablaré en otro comentario.

¿Y del ccochero? Pues como diría en buen francés Charles-Louis de Montesquieu… ¡Tres bièn, tres bièn!

 

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Por Mercedes Rodríguez García
 
La Agencia EFE difundió a la velocidad de Internet que travestis de toda Cuba celebraron con un espectáculo, singular por lo maratónico, lleno de luces, lentejuelas y «divas», los 25 años de El Mejunje, centro cultural de Santa Clara, desde hace años meca del transformismo y una de las ciudades más cosmopolitas de la Isla.
 
Ubicado en una edificación ruinosa y con el cielo como techo, centenares de personas de todo el país acudieron este fin de semana a la extraordinaria cita.

La existencia de El Mejunje, en una ciudad del interior, resulta para muchos un hecho mágico. «Ha sido un lugar para realizarse personalmente, un acto de fe y un acto de entender a la gente. Pero nunca se ha propuesto ni se propondrá ser un lugar gay», explicó a la EFE su creador y director, Ramón Silverio.

Muchos consideran a Silverio el alma de El Mejunje, incluso lo juzgan insustituible: «Nada de eso, no soy eterno, y la muerte no me preocupa, aunque tampoco me interesa .Cuando me muera no sé cómo continuara, a lo mejor quienes sigan al frente harán una obra mejor», refirió día antes al reportero del semanario provincial Vanguardia.

Más adelante, explicó: «Yo jugué mi momento histórico. Y mientras me queden fuerzas, y tengo muchas todavía, voy a continuar con el mismo entusiasmo.»

Ramón Silverio Gómez, artífice indiscutible e inconfundible del proyecto cultural más conocido de la Isla y en el extranjero, declaró que al fundarlo (1984) «pensó en una alternativa en una ciudad muy aburrida, necesitada por demás de un espacio abierto a todos los artistas y jóvenes, sin marginaciones de ningún tipo, en el que pudieran departir y disfrutar plenamente del arte.»

«Me considero una persona muy respetada. (...) Nadie me ha llamado nunca para impedirme hacer algo. Si se han sentido inconformes, me lo han planteado de la manera más suave posible.  (...) He hecho las cosas por placer. Me atrae estar en el filo de la navaja (...) Existen muchas instituciones aburridas, porque casi todas hacen lo mismo. Aquí, para bien, marcamos la diferencia.»

Sobre una referencia que hiciera Abel Prieto, Ministro de Cultura, durante en el pasado Congreso de la UNEAC,  Silverio acotó: «Cierto, expresó que debían existir muchos Mejunjes. Es un reconocimiento merecido, tampoco uno puede ser extremadamente modesto. El Mejunje se lo ha ganado por lo hecho durante todo este tiempo, lo cual ayudó a cambiar la forma de pensar de alguien 'de arriba', para fijarse en nosotros.»

En su opinión no es tan sencilla la creación de espacios similares, pues resulta un hecho único con características propias. «He visto surgir muchos proyectos basados en el nuestro, y todos han quedado en el camino. 

La cultura cubana necesita de sitios diferentes, romper esquemas. Querer reproducirlos constituye un error.»
 
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¡Cómo!!, qué bien le va a Santa Clara...
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No sé quien es el autor (a) de esta descripción, que imagino salida de la mente y pluma de algún extranjero que nos quiere bien. Puede que la misma vaya «contra la lógica de la idiosincrasia y el trato extrovertido de mis compatriotas». Pero me gustó tanto la «pintura» publicada en el blog Imaginados, que decidí reproducirla en mi Tecla con Café. La ilustración, un original y «sexual» mapa de nuestra Isla, lo agradezco a mi amigo José Ángel, quien con frecuencia, desde Madrid, me hace llegar por email tales curiosidades gráficas. Les dejo entonces a mis «cafeinómanos» lectores, la croniquilla en cuestión. Disfrútenla.

 

Cuando Dios hizo al mundo, quedó tan asombrado por la bonitura de su obra, que dejó caer entre los dedos cascajos involuntarios que fueron la más bella chambonada de la creación: el archipiélago cubano. 

Conmovido por la feliz casualidad, no puso en él ni fieras ni escorpiones, ni víboras ni volcanes, ni cosa alguna que lastimara a los soñadores de la intemperie. Fue así que con el tiempo y los sucesos nació lo criollo en el aluvión de las razas, golpe de amor y faena, en la obsesiva añoranza de ser país, nación, desmesura de lo suyo. De España heredaron la adarga y la terca altanería quijotesca; de África el pié fácil para el baile, el oído musical, la sonrisa a ultranza; de China la tenaz resignación, el misterio; de Francia la discreta elegancia del amor en pareja, los adornos de la vida. 

Todo el aire que respiran viene del mar, la arena de sus playas es como polvo de oro, en su tierra la semilla germina sin ayudas, no tienen inviernos ni veranos, sino todo lo contrario, con una media de 25oC, imprevistos y efímeros aguaceros y una corta temporada en que las masas frías anulan algunas horas el paisaje. 

Al cubano le gusta el buen vivir sin debérselo a nadie y para conseguirlo ejercita todas sus artes y mañas, apela a la suerte, a lo divino, o lo resuelve con picardía tropical. Aunque todavía usan bueyes para roturar la tierra, ya se ven desde el cosmos y comprueban que los cartógrafos no se equivocaron al dibujarlos con silueta de caimán. Apuestan siempre a tener lo mejor, ya sea la mujer o la tumbadora, los zapatos o el sillón del portal. 

Les gusta la mesa bien servida, el menú diverso, suma sabrosa del congrí, el pollo frito y los tachinos, el tasajo con boniato, el picadillo con papas fritas, el cerdo asado y la yuca con mojo, los frijoles negros, el huevo frito, el chilindrón, el fricasé o el ajiaco resucitador. Son también apegados al dulce, los cascos de guayaba, el ajonjolí y la garapiña, el boniatillo y la raspadura, los merengues, el flan, natilla y caramelos, pero lo mejor de su dulce azúcar pasa por los alambiques y termina en los toneles donde se añeja un ron superior. 

Y al final, la imprescindible tacita de café, sabroso, aromático, y el habano de perfume sonsacador, quizás lo único que les sigue identificando con los primeros cubanos. Pero también saben sentarse a la mesa escasa, si no hay pan comen casabe, todos los días repiten el milagro de los panes y los peces, son inventores audaces de la sobrevivencia. 

El cubano lo sabe todo, lee los periódicos entre líneas y solo necesita un par de cervezas para arreglar el mundo. Eso sí, es de memoria flaca, no devuelve libros prestados y sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena. La necesidad ha sido su maestra, el orgullo su consejero, pero atienden más a las razones del corazón que a las evidencias de la oportunidad y la conveniencia. Son gente de paz, no les ciega la victoria, pero no saben perder. 

Enfrentaron la dominación colonial con coraje, pelearon en condiciones inferiores contra tropas más numerosas que la suma de las emplazadas contra O´Higgins, San Martín, Bolívar y Washington. 

Entre ocho mil especies de su rica flora, adoran a la Ceiba, respetan la palma real, árbol nacional, su flor es la mariposa y el ave nacional es el tocororo. 

Su deporte es la pelota, su juego el dominó, con piezas que suenen fuerte sobre la mesa. Necesitan muy poco espacio para ser felices, saben multiplicar los domingos, son fiesteros, desinhibidos, noveleros, rehúsan el tratamiento de usted, entran en las casas hasta la cocina, se burlan de su propia desgracia, hasta en los funerales se cuentan chistes. 

Son el mejor amigo del perro, cohabitan también con gatos, cotorras y gallos finos. Les gustan las azoteas, los balcones, el rumor de las guitarras y los ríos, el resplandor bullicioso del carnaval, la playa, el malecón, la guayabera, la cerveza helada. Son dicharacheros, escandalosos, desmesurados. Hijos del cálido clima en los límites tórridos, se les tilda de violentos, improvisadores, tropicalmente despaciosos, amigos del choteo y del relajo, expansivos, inconstantes, derrochadores, presumidos. 

Desprecian a los delatores, envidiosos, a los cazadores de oportunidades ajenas, detestan la ambición, la mentira y la avaricia, la doble cara y el lamento. Saben apreciar lo grandioso de la menudencia, la brevedad de la vida, el sentido obligado de la reciprocidad, aunque, como dijera un patriota, a veces no llegan y otras se pasan. 

Creen en el azar, el martes trece y los horóscopos, en la cartomancia, el biorritmo y el mal de ojos. Tienen varios dioses y cielos, su Olimpo está disperso de Nairobi hasta Roma.

Cuba es hacendosa y constante, candorosamente hospitalaria, espontánea, solitaria, material noble para cualquier noble empeño. Es también una palabra bonita como guarachamulata, guateque, siboney. Son buenos en los oficios y artes, y también en el amor, que hacen con vehemencia y concediéndole tiempo al encanto. 

No les asustan los huracanes ni los augurios, si se miran a un espejo, ven la buena voluntad con biografía complicada. Son, en fin, lo que son: cubanos.

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Por Mercedes Rodríguez García






El primer Martí me llegó de niña, ¡muy niña!, junto con una caja de 24 colores: «Para Mercy, duran toda una vida, cuídalos». Así decía la tarjeta que —con exquisita grafía— colocó dentro de un sobre adjunto mi tía Olga, por entonces maestra rural en Sagua la Chica. Leí machaconamente, como leen los niños cuando están aprendiendo.

Una segunda recomendación —tan dulce como autoritaria— me llegaría de inmediato en su propia voz: «Aquí tienes una hoja de papel, dibújame al Apóstol de la independencia de Cuba». «Pero ¿ahora mismo?, tía», le pregunté con el tono más fastidioso que recuerdo. «Sí, ahora mismo, ven, vamos a sentarnos a la mesa».

Sentí deseos de devolverle aquel precioso estuche que me hubiera gustado estrenar tirada en el piso, coloreando cuando tuviera deseos, pintando lo que me viniera en ganas. Pero fui. Y salió él, desproporcionado y bigotudo, en medio de un jardín con flores.

Mi segundo Martí vino en un libro: La Edad de Oro, regalo también de otra tía, Mary, dependienta en tienda de ropa, el día de mi quinto cumpleaños, y con una sola condición: «Es para ti, para tu prima y tu hermano». De modo que el ejemplar permaneció siempre al alcance de ellos, y además, de los amiguitos del barrio que por las tardes venían a jugar a la escuelita, en la cual invariablemente yo hacía de maestra.

Mi tercer Martí fue rojo y dorado, impreso en un diploma. Me lo gané cursando el sexto grado, cuando en el primer semestre de clases salí vanguardia del grupo de la señorita Georgina Irastorza. El cuarto, lo compré en una quincalla, un cuadrito de pequeño formato, por solo 50 centavos. Los había de Maceo, Céspedes, Agramonte, Gómez, La Caridad, San Lázaro, Santa Bárbara, Mike Mouse, Pato Donald, Lazie, Rin Tin Tin, mas, el dinero solo alcanzaba para uno.

Pero el que más recuerdo me lo dejó Martica Ubals, mi compañera de secundaria, cuando se fue de Cuba y nos despedimos en la plaza del mercado, que en menos de un año sería Coppelia. Lo colgué en mi cuarto y allí estuvo hasta que una foto de Camilo ocupó su lugar debajo del cristal. (Mi madre decía que ya había muchos Martí en la casa, y mi padre, que hacían falta más Martí en la calle).

El sexto, lo compré en la recién estrenada librería Pepe Medina. Ya estudiaba en el preuniversitario Osvaldo Herrera, y muy pocos entendían mis desafueros por The Beatles, que para la «gran cátedra» no era más que una banda diversionista, y nada tenía que ver con el idioma que el profesor Mauro de la Torre me repasaba en «secreto» con ejemplos extraídos de Míster Postman, Yellow River , Sgt. Pepper's o Lady Madonna.

Ese, mi Martí más lindo, el de Jorge Arche, paisaje rural de fondo, vestía de guayabera, y como El Sagrado Corazón de Jesús en eso de llevar la mano al pecho, resultaba a mi ojo —afinado por la pintora Aida Ida Morales en sus clases de Artes Visuales— un Martí icónico, sublimado: el de «con los pobres de la tierra», el de «con todos y para el bien de todos», el que años después, en la Universidad me revelara como un Martí seminal, el doctor Ordenel Heredia.

Otro Martí, de busto en bronce, estaba en casa antes de yo nacer en posesión de mi abuelo, calzando adeudos sobre el aparador. Un día desapareció y apareció luego en una caja, entre sus cosas de muerto. Pasó a mi padre que lo cedió por derecho justo a su hermana, la maestra, que lo llevó a su escuela en la montaña.

Martí volvió. Lo trajo chamuscado. Fue lo único que no se quemó cuando los alzados prendieron fuego al cañaveral del fondo. Lo limpié con agua, detergente y franela. Apenas le quedó la pátina del tiempo. Martí fue mío. Desde el librero vio crecer mis niños, disfrutó mis fiestas, mis lutos, mis desvelos nocturnos apremiada por el cierre.

Ese ha sido mi Martí más íntimo y valiente. Fundacional, vigila ahora la casa de mi hijo, los pasos de mi nieta. Y tengo más Martí: Martí moneda conmemorativa por el Centenario de su natalicio, y otros Martí valores numismáticos, y muchos Martí libros, obras completas, grabados, recortes, Bohemias incunables. Y algunos que me enervan y me salvan de odios y egoísmos. Martí romántico, didáctico, político, poético. Martí sol, Martí rosa, Martí abeja, Martí ojo del canario…

¡Ah!, cuánto tiempo ha pasado. Martí dibujado, aprendido, querellado, heredado, compartido, interpretado, desde que era niña, ¡muy niña! Martí necesario, imprescindible, entrañable, enraizado, avizor, eterno. Es mi Martí. El que me va por dentro y quisiera compartir contigo.
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 Mercedes Rodríguez García

 

Siete cursos compartiendo dentro y fuera del aula con estudiantes universitarios me facultan para emitir consideraciones y consejos acerca de los jóvenes, a quienes muchas veces se les califica de contestatarios, descreídos, irreverentes, rebeldes, autosuficientes, y otras cualidades que, francamente, no comparto de manera general y absoluta, vengan de donde vengan, incluso, de pedagogos, sociólogos, psicólogos o filósofos de bien ganada reputación en el ámbito académico.

En otros espacios y en disímiles ocasiones y circunstancias, personas de las más variadas profesiones y oficios refieren, además, que son difíciles de entender, egoístas, consumistas, independientes, tolerantes y con poco sentido del deber y del sacrificio, y, por tanto confiesan «observarlos con preocupación».

«Los hijos de hoy se parecen más a su tiempo que a sus padres», dijo Francisco Vázquez Vázquez, un político socialista y católico practicante español a quien le han robado la paternidad de tan recurrido pensamiento a la hora de definir en escasas palabras a ese grupo etario, al cual todos pertenecimos una vez, pero que algunos no recuerdan o no quieren recordar.

En general, al hablar de los jóvenes hay quienes lo hacen como si se tratara de una especie de «dobles», desde los recuerdos juveniles, desde cierto pasado reciente, desde las nostalgias y melancolías o desde el deseo de lo que pudieron ser y no fueron. En tal sentido me ofrezco categórica: la vida real de los muchachos y muchachas de hoy yace en otro lugar diferente del que buscamos. Su vida les pertenece a ellos, idea que resulta difícil de interpretar dados los esquemas habituales.

Lo cierto es que para muchos adultos el diálogo con la juventud se ha tornado complicado, sobre todo para quienes admiten con temor, horror o complejo que nacieron en el siglo pasado, y se incluyen de hecho en un género de iguanodontes ortodoxos que sobreviven a las circunstancias, gracias a la desmemoria afectiva crecida con la prisa de lo cotidiano.

Si de sexo se trata, por ejemplo, suele catalogárseles de insaciables y tolerantes al límite de lo increíble, actitud en el fondo recriminativa que apunta a lo que antes nos parecía moralmente inaceptable y ahora resulta tristemente inalcanzable. Como dicen los libros de sexología: «cuantos más años a cuestas, más te cuesta y menos te acuestas».

Otro punto de vista esgrimido con frecuencia se refiere a cierta desorientación y desenfreno juveniles, cuestión que compete enfrentar a los adultos, pues son ellos quienes han convertido a los jóvenes en sus modelos de   identificación y de conducta. Y aunque no lo admitan han ido rompiendo o trastrocando el papel que de forma tradicional se ha asignado a las diferentes edades. Cuesta reconocerlo: son los mayores los que, a diferencia de las generaciones precedentes, imitan y co- rren tras los chicos y chicas, y no al revés, como normalmente  siempre ha acontecido y parece que debería seguir aconteciendo.

CONSIDERACIONES

Pantalones caídos, piercings, tatuajes, camisetas ajustadas, mochilas, jeans, teléfonos móviles, reproductores MP3. Pelo largo, corto, con cresta, esculpido, teñido, cráneo rasurado…  Se trata de una estética bastante común entre el mocerío del presente, muy marcada a nivel internacional por la publicidad y el consumismo, amén de esa necesidad de ser diferentes, atrevidos, que los caracteriza y desborda. Obviamente, la juventud es un colectivo muy diverso y plural. En realidad no existe una juventud, existen constelaciones de jóvenes. 

«Hablo con mi hijo, pero no me hace caso», se queja una mamá, al tiempo que lamenta «no saber manejar ni entender a esta nueva generación». Discusiones, gritos, cansancio, desconfianza, preocupación, se han convertido en algo cotidiano para muchos padres y madres que no encuentran equilibrio entre la disciplina y la permisibilidad, entre el tira y el afloja.

Carezco de datos científicos para defender o refutar, de momento, alguna tesis. Es más, no trato ni me interesa la formulación de una hipótesis acerca de por qué son así o «asao». Pero les aseguro que a nuestros jóvenes, con todos los defectos, problemas e insuficiencias, no podemos encasillarlos ni juzgarlos como una generación en crisis, con falta de valores o algo por el estilo.

Ellos propugnan el desarrollo, las oportunidades, un elevado estado de bienestar, de libertad, de cierta independencia en el hacer y el vestir, a pesar de ser dependientes de sus padres. Mal se les juzga cuando pensamos que carecen de preocupaciones personales. Las tienen. Y las más coinciden con problemas genéricos de la sociedad, económicos y familiares. En general miran al futuro con optimismo; aunque, a veces, les cuesta entrever la luz.

Salir con amigos, escuchar música, ver videos e ir a fiestas caseras, constituyen actividades vitales en la vida de nuestros muchachos y muchachas. El joven estima y busca ansiosamente la amistad, es la edad en que se inicia en ellos la apertura consciente a los demás, la ansiosa búsqueda de la identidad personal. Incluso, ya cumplidos los veintitantos aparece el amigo como ese interlocutor dispuesto a escucharle y ayudarle.

Sus valores fundamentales lo constituyen la libertad, el amor-placer como meta primera de esta; la autenticidad, la experiencia personal; la omnipotencia (poderlo todo aunque todavía no se pueda todo); la justicia unida a la paz, como un deseo y un gran sentimiento; la unidad universal; el futuro como mentalidad de cambio, no repetir los errores del pasado, buscar un mundo nuevo a la medida del hombre libre, y otras cualidades más a tener en cuenta para no perder la comunicación entre adultos y jóvenes.

Injustamente —pienso— se les mide a todos con la misma vara, y salen a relucir semejantes comentarios: «con tantas escuelas que hay en este país y no tienen la más mínima educación», «no respetan a nadie, ni siquiera a los viejos», «si uno no hace lo que ellos quieren, entonces se ponen bravos y te amenazan con irse de la casa», «les hablas y es por gusto, al final hacen lo que les da la gana».

Pero tranquilos, que de semejantes e inadecuados comportamientos se quejaba hasta el propio Sócrates (470-399 a C.), considerado el fundador de la filosofía moral o axiología.

«Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos», escribió el gran griego.

¿A quién reprocharle entonces, a la familia, a la sociedad, a la escuela? ¿Repetir una y otra vez el ya común: «esta juventud está perdida», y molestar, irritar y sacar de quicio al más sosegado de los jóvenes? Me parece injusto y desleal. ¿Acaso no estarán también extraviados los progenitores lastrados por la amargura, la desidia, la falta de voluntad; los funcionarios y dirigentes que imponen viejos dogmas y cuestionan a muchachos y muchachas desconciertos y rebeldías sin pensar que millones de ellos ya han apostado al futuro y se empeñan en mejorarlo?

¿Cómo están educando nuestros maestros y profesores a una generación en cuyas manos descansan los destinos de la Patria?

No hay educación ni equilibrio humano si no se enseña a distinguir el bien y el mal. De esa distinción se encarga la razón, que no sólo emite juicios técnicos o estéticos, sino también éticos. Para cualquier edad, la razón moral —la conciencia— es una brújula para el bien y un freno para el mal, y sus juicios pueden ser absolutos. Pero no basta, también deben funcionar la ley y el orden. Yo diría que urge retomar las riendas para enderezar el carro, restablecer los límites, delimitar fronteras sin levantar muros, recuperar la autoridad sin autoritarismos.

ALGUNOS CONSEJOS NO TAN SABIDOS

Permita que los jóvenes compartan abiertamente con usted lo que piensan y sienten. Aunque suelen expresarse con brusquedad y a veces «fuera de lugar», manténgase listo para escuchar en todo momento y en cualquier sitio sus opiniones; controle el gran impulso por saber todo lo que están pensando o planeando hacer en determinado momento, muéstreles confianza para que confíen en usted.

Hable clara y concretamente respecto a problemas importantes pero no caiga en el vicio de la repetición, porque perderá su tiempo, ya que el énfasis excesivo anula sistemáticamente el objetivo principal. No escatime nunca el elogio y alimente la autoestima, por cada pequeño «privilegio» otorgado exíjales responsabilidades. Instrúyales para que puedan tomar decisiones propias, muéstreles la gran importancia de aceptar las consecuencias de sus actos.

Enséñeles a tratar con información, a pensar críticamente sobre lo que ellos ven u oyen, hágales merecer lo que ellos quieren, y adviértales la gran diferencia entre los deseos y las necesidades. Vaya persuadiéndolos de manera paulatina acerca de una gran verdad: la satisfacción instantánea no es la que enseña habilidades para la vida.

No se trata de someterse a la «tiranía de los jóvenes» ni de permitir que lo manipulen a su antojo, sino de buscar pistas para comprender a las nuevas generaciones, hacer nuestros sus retos y comenzar juntos un camino.

Sin la juventud, no podría triunfar la causa revolucionaria ni en las fábricas ni en las zonas rurales, ni en el ejército ni en los centros docentes. Con los jóvenes hay que dialogar, escucharlos, por muy disparatadas que nos parezcan sus preguntas, sus presupuestos políticos e ideológicos.

La gran responsabilidad de la sociedad para con los jóvenes radica en hacer efectivos, palpables y creíbles los modelos que preconiza e identifica como positivos, en lograr una identidad que enriquezca a unos y otros, sin cavar trincheras generacionales ni suplantar lo que tradicionalmente corresponde a la familia.

Es lamentable, estimado Sócrates, que pasados tantos siglos prevalezca entre los adultos su percepción sobre los jóvenes, y que el tema constituya aún una asignatura pendiente para el mundo entero.

 

 

 

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Por Mercedes Rodríguez García

Septiembre de 1868. El telégrafo trae desde el otro la del  Atlántico noticias que desesperan a Lersundi, en la segunda etapa de su mandato como Capitán General  de la Isla. Cólera, aflicción y enfermedad, degeneran en arrebatos de furia lo que, sumado a su inhabilidad como gobernador,  favorecen la extensión de la lucha, iniciada con el alzamiento de Céspedes, el 10 de Octubre.

Martí cumplirá pronto 16 años y ya piensa en sumarse a la guerra. Secretamente, en los pasillos del Instituto, reparte un periódico manuscrito con un apasionado soneto salido de su pluma. Don Mariano y Doña Leonor, andan asombrados pues, con frecuencia, escuchan en boca de su hijo las palabras libertad e igualdad.

Sin llegar a comprender la verdadera situación de Cuba, Lersundi regresa a España y lo releva el General Dulce, quien arriba a La Habana el 4 de enero de 1869. Su salud flaquea, lo cual no  impide sus propósitos conciliadores.

 «Unión, fraternidad, olvido por lo pasado y esperanza en el porvenir», proclama en su mensaje por el Día de Reyes. El día 9 firmaría un importantísimo decreto proclamando libertad de pensamiento escrito, sin juicios ni censuras. Dulce «abría la puerta a vientos furiosos», como dijera un historiador de entones.

Más de 60 periódicos comenzaron a publicarse. Martí solicita permiso para imprimir, según sus propias palabras, un« semanario democrático cosmopolita.»

Apenas 10 días después aparece su primer trabajo político en el único número de El Diablo Cojuelo, periódico que edita Fermín Valdés Domínguez en la imprenta librería El Iris, radicada en Obispo No. 20 y 22.

«Esta dichosa libertad de imprenta —dice Martí— que por lo esperada y negada y ahora concedida, llueve sobre mojado, permite que Ud. hable por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite que vaya Ud. al juzgado o a la fiscalía, y de la fiscalía o el juzgado lo zambullan a usted en el morro, por lo que dijo o quiso decir. Y a Dios gracias, que en estos tiempos dulces hay distancia y no poca de su casa al Morro.»

Ya la revolución de Yara ha prendido en el Camagüey. Bien claro lo ha gritado Ignacio Agramonte: ¡Independencia o Muerte!

Para disfrazar un poco lo que ha escrito y no revelar del todo a quienes ataca en el artículo O Yara o Madrid,  Martí —sin que deje de comprenderse contra quienes las emprende — cambia las vocales a algunos apellidos.

El 21 de enero, durante la representación de Perro huevero en el teatro Villanueva, se han dado vivas a Cuba y muera España. Los ánimos juveniles circulan exaltados y toda La Habana  yace vigilada por regulares y voluntarios. La madre anda muy preocupada porque Pepe llega tarde en la noche, y ya éste le ha confesado al padre la idea de editar otro periódico, que también saldrá del taller tipográfico de la calle Obispo, el 23 de enero.

Con entusiasmo ambos amigos revisan una y otra vez las pruebas de galeras con sus propios artículos. La alegría les invade el alma…

—Nos haremos un retrato, incita Martí a Fermín.

—¡Pues a vestirnos para la ocasión!, responde  el entrañable amigo.

Para la historia queda la postal: casaca oscura; pantalón claro, casi cubriendo los zapatos negros, el cuello de pajarita, el cabello peinado hacia atrás y la mocedad sin cólera en los ojos soñadores y nítidos.

Es en uno de esos viajes al la imprenta que el impresor le ha objetado al joven Pepe su poema Abdala:

—¿No creen ustedes demasiado temerarios esos versos? Sin las últimas estrofas de este poema nada habría que temer…

Y las lee:

La vida de los nobles, madre mía, / Es luchar y morir por acatarla /    Y si es preciso, con su propio acero / Rasgarse por salvarla las entrañas! / Mas, me siento morir: en mi agonía / (A todos) no vengáis a turbar mi triste calma, / Silencio... Quiero oír... Oh me parece / Que la enemiga hueste derrotada, / Huye por la llanura... oíd!... silencio!  / Ya los miro correr... A los cobardes / Los valientes guerreros se abalanzan... / Nubia venció! muero feliz: la muerte /    Poco me importa, pues logré salvarla... / Oh qué dulce es morir, cuando se muere / Luchando audaz por defender la patria!

Fermín, algo molesto, replica:

—Yo entiendo que esto debe dejarse tal como está. Es el primer trabajo político de mi amigo, en un periódico fundado y dirigido por él.

¿Qué Nubia en el poema es Cuba? ¿Qué Abdala, tal vez el propio Martí? quien refleja en él la contradicción entre su deber de lealtad para con los padres españoles y su obligación para con la patria cubana? Quién lo lea, aún a la distancia de 140 años, entenderá por qué un pueblo toma las armas  para defenderlo de quienes lo atacan y oprimen.

No obstante el mal rato que les ha hecho pasar el suspicaz impresor, los corazones de Martí y Fermín repican de alegría. Abrazados abandonan El Iris, y atraviesan la calle Obispo haciendo caso omiso  a quitrinis, volantas y muchachas, rumbo a la retreta de la Plaza de Armas.

Ya tienen periódico, y se llama Patria Libre.

 

 

 

 

 

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